Cada vez más maquillada

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11 de noviembre, 2020

Texto: Alice de Souza (Brasil) y Evandro Almeida Jr (Brasil)

Ilustración: Alma Ríos (México)

Aline Gomes fue asesinada por su exnovio en Mato Grosso, estado con la más alta tasa de feminicidios durante la pandemia en Brasil. Aline fue acuchillada, tras intentar terminar una relación donde necesitaba ponerse cada vez más maquillaje para esconder los golpes que llevaba. Su asesino está detenido mientras espera el juzgamiento.

 

Seis semanas después de empezar a trabajar como cajera en un supermercado de la ciudad de Cuiabá —capital del estado de Mato Grosso— Aline Gomes llegaba a su trabajo cada vez más maquillada. Cubría la piel, los ojos y la boca con la destreza de una profesional de belleza, aunque nunca haya hecho un curso específico. Era como si estuviera lista para ir a una fiesta nocturna, a pesar de que trabajaba en turnos alternados de mañana y tarde. Su maquillaje se juntó con su comportamiento lleno de bromas y una bella sonrisa, que junto a su pelo rizado, la hizo merecedora del apodo de Emilia —una muñeca del cuento infantil Sitio do Pica-Pau Amarelo, un clásico de la literatura brasileña—.

A Aline le gustaba mucho maquillarse. Llevaba a sus amigas a su casa y juntas dedicaban horas a maquillarse. A veces por puro placer. Conversar entre carcajadas. Ese era uno de sus pasatiempos favoritos y un motivo para empezar una amistad también. “Ella me llevó a su casa y hablamos de todo. Era muy alegre”, recuerda de uno de esos encuentros Adriana Ellen da Silva, 29 años, amiga de Aline. 

Sin embargo, lo que parecía un hobby o don, pasó a ser una manera de ocultar una violencia silenciosa. El cambio rápido en su estética diaria —con maquillaje cada vez más intenso— llamó la atención de Lauryane Sousa, 25 años, su supervisora en el trabajo. “Al comienzo era una cosa más simple, pero se hizo cada vez más pesada con el pasar de los meses”, recuerda Lauryane, también una mujer joven. Aunque no permanecía tanto tiempo en el trabajo como Aline o como los otros cajeros, siempre estaba atenta a todo lo que pasaba y, al contar, recuerda con pesar todo lo que iba pasando diariamente casi frente a sus ojos. 

Siempre dispuesta a ayudar a sus compañeros de trabajo, Aline parecía ser una mujer feliz. Nada levantaba sospechas de que su maquillaje era una ruta de escape hasta el día en que faltó por primera vez en su trabajo. Ahí, los ojos atentos de Lauryane se aproximaron. “La llamé para saber lo que pasaba, entonces ella me dijo que había sido asaltada, pero que no se llevaron nada, solamente le habían dado unos golpes”, cuenta Lauryane.

A partir de aquel suceso, su colega empezó a juntar las piezas de un rompecabezas, a fijarse en ciertos detalles. Percibió que Aline tenía siempre alguna marca en el rostro o en su cuerpo, que ni siquiera el maquillaje conseguía esconder. El detonante fue un día en que llegó con un ojo morado al supermercado. Lauryane y otra funcionária la llevaron a un espacio privado y le preguntaron si necesitaba ayuda. “Aline cambiaba de asunto. Siempre decía que se había caído en el baño o golpeado con algo en su casa”. La cuestión es que las marcas eran cada vez más frecuentes y la verdadera historia por detrás, más próxima. 

Un día, un hombre se quedó observando, desde el estacionamiento del supermercado, a Aline trabajar. Prestaba atención a todas las miradas, sonrisas y con quién hablaba. Era el estudiante de derecho Raony Silva, su marido. Raony estaba allí sin el consentimiento de su esposa. Cuando uno de los clientes salió sonriendo del cajero, él amenazó con ir hasta allá y golpearlo, pero no cumplió sus amenazas. Esa no era la primera vez, tampoco la última, que él intentaba controlar la vida de su esposa, sabrían meses más tarde sus colegas de trabajo. 

Una relación que inició en la adolescencia 

Aline tenía 15 años cuando conoció a Raony por Facebook. Los dos vivían en el mismo barrio en Cuiabá. “Yo busqué saber quién era y me dijeron que era una buena persona. Siempre se presentaba como una buena persona, incluso más de la cuenta. Siempre hablando en nombre de Dios, llamándome ‘suegra querida’, un adulador intenso. Esas cosas que te hacen desconfiar… que algo anda mal”, cuenta Alini Silva, la madre de Aline, una comerciante de 53 años. Para Alini no fue fácil hablar por mucho tiempo de  su hija, el dolor aún era demasiado grande. Pero relata las escenas del pasado como si estuviera reviviendo, con ese enojo que le hace contar que nunca estuvo de acuerdo con esa relación de pareja.

La madre cuenta que al principio los dos salieron durante unos meses, hasta que Aline quedó en  embarazo. “No la obligué a vivir con él, pero él insistió en venirse a vivir a mi casa”, recuerda Alini, quien en el pasado había denunciado a su propio marido por violencia doméstica, sin imaginar que algo parecido iba a ocurrir una vez más en su hogar.

Tres meses de convivencia fueron suficientes para que la suegra deshiciera la imagen inicial y conociera el perfil violento de la pareja de su hija. Y que su temor del pasado volviera manifestado en otra forma. Raony reclamaba mucho, cuestionaba la familia, hasta quería él mismo obligar a su suegra a cocinar. “Él le decía palabras feas a mi hija. Presencié peleas y llegué a aconsejarle que se divorciara”. Su hija dejó de mostrar el sufrimiento que le producía la relación frente a su familia, a pesar de que todos habían sido testigos de varias peleas.

Con el embarazo, Aline abandonó sus estudios faltando un año para graduarse en enseñanza media del colegio. Luego se fue a vivir con Raony en un departamento de la familia de él. A partir de ese momento, la relación alcanzó otros niveles de violencia. “Empecé a percibir que ella estaba siempre sin su teléfono, diciendo que su marido lo había destrozado”, recuerda su madre. 

A pesar de los indicios, Aline nunca confirmó que sufriera alguna agresión. Aún así, su madre seguía atenta cada vez que su hija mencionaba alguna pelea en la calle con el marido. “Hasta que un día llamó a su padre para que fuera por ella, diciendo que había encontrado a su esposo con otra en la cama”, cuenta Alini. Aline regresó a vivir a la casa de sus padres, pero Raony la llamaba en todo momento pidiendo perdón y diciendo que iba a suicidarse. 

En esa época el hijo de la pareja ya había nacido y era utilizado como objeto de constante chantaje por parte de Raony. “En ese día que regresó —a la casa que había formado con Raony—, él detuvo a su niño para hacerla regresar. Fuimos hasta la estación de Policía, pero él llegó fingiendo que traía al niño. Cuando mi hija se aproximó al auto, él arrancó. Pero en ese mismo momento llegó la Policía, entonces tuve a mi nieto de vuelta”, recuerda.

Violencia evidente

La situación empeoró cuando Aline empezó a trabajar en el supermercado. En esa época fue cuando intensificó el uso de maquillaje, en una sola compra se llevó tres estuches de maquillaje distintos. Pero ni su familia ni sus amigos sospechaban que aquel rostro pintado significaba una secuencia de lesiones, entre cachetadas y golpes, de su marido. 

Cuando empezó a ser cuestionada sobre las marcas, ella cambiaba de asunto. Hacía como si nada hubiera pasado. Familia y amigos concordaron en que su motivación era proteger a su hijo —por el cual era víctima de constantes chantajes de Raony—.

Las agresiones, además de físicas, eran psicológicas y patrimoniales —todo su salario mensual era confiscado por su esposo—. “Era un tormento lo que ella vivía. Ahora lo sé”, dijo su mamá. “Es algo que tú no imaginas. Si yo pudiera volver atrás, me quedaría más tiempo con ella”, lamenta su hermana, Carina Gomes, quien no logra mantener las fuerzas para hablar por mucho tiempo sobre Aline. Carina prefiere escribir o enviar audios cortos, no puede evitar el llanto al recordar a su hermana menor. “Me quedo muy emocionada, pues en el día del asesinato, fui yo la que me he encargué de todo —los actos funebres—”, explica. 

En los últimos meses, antes de ser asesinada, las peleas y las escenas de celos eran cada vez más constantes. La situación empezaba a ser evidente para sus colegas de trabajo. “Él llegó a sacarla a la fuerza de una fiesta, porque estaba reclamándole por su ropa, diciendo que ‘mostraba mucho su cuerpo’. Quería que ella regresara a su casa de todas maneras”, recuerda su exjefe. Aline decidió romper con el ciclo de violencia, apartarlo y dar fin a la relación. Pero Raony no quería oír. 

Entonces empezó a amenazarla de muerte. Una semana entera de amenazas motivó a la madre de Raony a irse a vivir con ellos, con la finalidad de intervenir en la relación. No funcionó. 

Alrededor de las nueve de la noche del 2 de abril de 2020, los dos iniciaron una pelea dentro de la casa donde vivían —la razón de aquella discusión es desconocida para los amigos y familiares de Aline—. Raony utilizó un cuchillo e intentó atacar a Aline, quien salió corriendo del departamento. Herida, pasó a su hijo entre la cerca a una vecina e intentó huir. Ni siquiera el hecho de que estaba en un espacio público —el área común del condominio residencial— impidió el feminicidio. Aline fue atacada con 20 cuchilladas. 

Recordar esa historia no es fácil para su madre, Alini, que prefiere seguir criticando a Raony y recontar sus actos violentos, que hablar de su hija. Cuando trata de dar margen de cómo era Aline, entra en llanto. “Mi hija era una niña muy cautivadora, se hacía amiga de todos”. Lo mismo pasa con su hermana Carina. “Mi hermana era una persona alegre, de personalidad fuerte. Siempre bien educada. Jamás imaginé que ella estuviera pasando por todo esto”. 

Aline fue una de las 429 mujeres víctimas de feminicidio en Brasil, entre marzo y junio de 2020. Vivía en Mato Grosso, estado donde otras 29 mujeres acabaron con el mismo destino entre marzo y agosto, según el informe Un vírus y dos guerras, de Revista AzMina, Amazônia Real, Agência Eco Nordeste, #Colabora, Marco Zero Conteúdo, Portal Catarinas e Ponte Jornalismo. Mato grosso fue, hasta agosto, el estado con mayor tasa de feminicidios de Brasil, con 1,72 por cada 100 mil habitantes, el doble de la media nacional, de acuerdo al informe del periodico. Hasta junio, según informó el estado de Mato Grosso al equipo de Distintas Latitudes, los registros oficiales cuentan 23 feminicidios. 

Homenaje a su alegría

Después de cometer el crimen, Raony huyó, pero poco tiempo después se entregó a la Policía. La primera audiencia de juzgamiento del asesino ocurrió el 19 de octubre, donde fueron escuchados todos los testigos. Raony ha confesado todo, pero ha intentado responder por el crimen en régimen semiabierto —modalidad en la que el condenado, cada día, cumple una parte de la pena en la cárcel y la otra, fuera—, pero la Justicia no lo ha dejado. Habrá una nueva audiencia y un juzgamiento popular, es decir, va al tribunal de juri —un juicio con jurado—. Al cierre de este texto (30 de octubre de 2020), la fecha de la diligencia aún no había sido concretada.  

En Brasil, en 2015 se ha sancionado la Ley del Feminicidio (ley 13.104/15), que cambió el artigo 121 del Código Penal y la Ley de Crímenes Hediondos (ley 8.072/90), con la que se estipulan cuáles crímenes merecen el más grande rechazo por parte del Estado brasileño. La legislación se aplica cuando hay violencia doméstica o familiar —el tipo de feminicídio más común en Brasil— o por menosprecio o discriminación a la condición de ser mujer. La pena prevista es de 12 a 30 años, pero en casos en los que el crimen sea contra mujeres menores de 14 años, mayores de 60, con discapacidad, embarazadas o en el puerperio, frente a hijos o padres de la víctima o si el feminicida incumple las medidas de distanciamiento impostas por la Justicia, la pena puede aumentar.   

Por estar en la ley de crímenes hediondos, los feminicidas van al tribunal del júri. Lo que muchas veces demanda un esfuerzo de famílias y amigos frente a la opinión pública. No es raro que abogados y familiares del feminicida intenten acreditar a la mujer la motivación del crimen, creando historias de traición u otros apelaciones a la moral,  y que en la práctica puede ayudarlos en el tribunal. 

Amigas de Aline crearon una página en Facebook e Instagram “Todos por Aline Gomes”, donde publican mensajes contra la violencia doméstica y de género, hacen homenajes a su amiga y exigen justicia tanto en el caso de Aline, como en otros tantos feminicidios que han tenido lugar en el estado de Mato Grosso. “Nosotros queremos mostrar al mundo entero, hasta llegar a alguien importante, la barbaridad que él cometió. Percibimos también que era fundamental mostrar que crímenes de ese tipo siguen ocurriendo con otras mujeres”, cuenta Lauryane, administradora de las redes en homenaje a su amiga.  

Aline tenía muchos sueños. Quería mejorar su práctica con el maquillaje. “Quería obtener su título universitario como esteticista. A ella le gustaba mucho aprender maneras diferentes de maquillar”, recuerda su hermana Carina. Para su Alini, el asesinato de su hija se convirtió en una causa. “Yo no tengo mucho conocimiento, pero si pudiera luchar para que otras chicas, mujeres jóvenes, no vivan lo que mi hija vivió, lo haré”.  Lo que desean todos alrededor de Aline —y en respeto a su memoria— es que, para las mujeres, el maquillarse sea solo un don, jamás un escondrijo de la violencia doméstica. 

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Recordamos a las mujeres que fueron víctimas de la violencia feminicida en América Latina durante la cuarentena por COVID-19.